LOS MOJOSOS

Con el Ayuntamiento de Cádiz perdiendo obras de arte... ¡No!

 

Porque nos gustan

los finales felices

 

Manuel Muñoz Fossati

Periodista

 


 

Esta historia podría tener nombre de película, Obsesión. He ahí, por un lado, a un hombre, Javier Osuna, infatigable con un tema, empeñado desde hace más de tres años en averiguar el paradero de un cuadro. Muchos dirán que qué pesado, que lo deje ya. Se lo imagina uno empeñado en cierta forma con el tema. Pero seguramente está más bien indignado, con esa indignación de la razón y el sentido común, que es muchas veces más combativa que la pasión.

 

Y enfrente, el silencio administrativo, indiferente, el qué más da. En medio, la gente de Cádiz, como si el asunto no fuera con ellos, ajena al estado de su patrimonio cultural. Osuna incansable: “Tenemos que averiguar dónde está esa obra de Costus”. Muchos dirán que es cosa de un jartible de Cádiz que ha descubierto un supuesto escándalo. A mí lo que me parece increíble es el silencio. Daría casi igual que los autores de 'Los Mojosos' no fueran unos artistas de tanta significación como los Costus. Kafkiano es otro adjetivo que se me ocurre, claro, con todo el tópico que ese adjetivo arrastra. Un hombre, ahora ya unos cuantos y unas cuantas mujeres, preguntando “¿dónde están Los Mojosos?” y allí, en lo oscuro, una administración sin rostro encogiendo los hombros y poniendo cara de ignorante “Aaaah!”.

 

Sería desalentador, frustrante, si el obstinado perseguidor de la verdad hubiera cejado, bajado los brazos y se abandonara a la condena de la resignación. Pero no. Javier se ha dicho que si a él no le hacen caso llamará a sus amigos, a los que comparten intereses, a los que no han renegado del Cádiz de la razón, a los que no pueden decir que no, a otros que comprenden sus motivos, a los sorprendidos por la desidia. ¡Vamos, vamos!. Si la causa es pequeña no deja por eso de ser noble. Un cuadrito: un símbolo.

 

Ellos son los Mojosos en realidad, esos que sabiendo donde está el cuadro, o conociendo el motivo de su desaparición son capaces de callarse. No se han quitado el mojo de la antigua concepción de la propiedad pública, esa que rezaba que lo que hay en España es de los españoles. Dividiendo por cada uno de ellos la propiedad pública, alguno ha llegado a la conclusión de que a él le toca la parte del cuadrito.

 

“Se habrá perdido en algún cajón”, dijo un familiar de uno de los Costus, elucubrando sobre el paradero desconocido. En ese cajón, el trazo de los artistas anda pidiendo hace años un Sherlock Holmes que le acerque su lupa, un chivato que diga “caliente, caliente” a los muchos que ya estamos en su busca, un ojo perspicaz que encuentre alguna pista, un papel mal colocado.

 

A lo mejor, con toda esta movida, esta película tiene un final feliz que incluya el descubrimiento, condena y escarnio público de los culpables.

 

Y el beso de la chica, que sea para Javi.

 

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