LOS MOJOSOS

Con el Ayuntamiento de Cádiz perdiendo obras de arte... ¡No!

 

A quién le importa

(la desaparición

del cuadro de Costus)

 

Lalia González-Santiago

Directora de La Voz de Cádiz

 

 

Podríamos pedirle al movimiento gay su himno oficioso para esta movilización, virtual  pero real, que ha crecido en la sombra y ahora se evidencia. Pon como banda sonora la canción de Alaska, Javierosuna, agitador en jefe, impulsor de esta 'performance' ciudadana para que la desaparición de un cuadro de Costus, “Los Mojosos”, no quede relegada al olvido y asilada en la impunidad. Musa de la movida madrileña, protagonista también de varias obras de la pareja de pintores gaditanos, a la cantante seguro que le gusta y se apunta a la iniciativa.

 

¿A quién le importa?, pues. A mucha gente, sí. Importa el descuido en la custodia del patrimonio común, aunque parezca que la picaresca sea un rasgo identitario no ya de los españoles, sino de las administraciones. No es de recibo que en democracia sigan volatilizándose piezas de valor, del valor que sea, ni que los bienes públicos se dejen  siquiera olvidados en un trastero durante años, en este caso tantos como trece. Tampoco se comprende que una vez denunciada su falta no se ordenara  una investigación, ni se haya ofrecido una respuesta oficial o alguien haya rendido cuentas. Así que se trata de derechos fundamentales, de respeto hacia la ciudadanía, de control democrático de la cosa pública. La prepotencia es una mala práctica política.

 

Importa también el desprecio por el arte, del que tanto supieron estos dos  gaditanos, Enrique Naya y Juan Carrero, hijos de un tiempo maravilloso y turbulento, testimonio ahora de esa etapa de singular incertidumbre, de prometedora libertad, de transgresiones peligrosas.

 

Producto de su época, el pop de los Costus quizá tenga ahora que pasar ese inevitable purgatorio de la moda o de lo coyuntural, pero sin duda en unos años contará mejor que muchos estudios, análisis o hemerotecas acerca de un tiempo, de un país.

 

En su voluntad provocadora, en su colorido airado, en su retorno a la calle, en su humor, el estilo de Naya y Carrero muestra sin filtros el sentimiento de un grupo generacional que agitó el pesado aire de la sociedad española que aún olía al espeso cerrado del franquismo. La aventura artística de los dos jóvenes gaditanos tiene, como en el mundo clásico, la tragedia por compañera, en el triste final de sus vidas, en el peligro que eligieron por compañía. Su valor, en fin, es insustituible.

 

Importa también que a la gente le importe. La cultura es un activo que la sociedad actual en general, y la gaditana en particular, debe perseguir y atesorar. Llevamos años oyendo hablar de la aspiración de Cádiz como ciudad cultural, de la necesidad de construir el futuro con esa seña de identidad. Pero la estrella declina, sustituida por la vulgaridad y la falsificación, lo fácil, lo light. Sin embargo, no parece que sea este el momento de esperar a recibir de arriba un maná  arbitrario, sino de invertir el circuito y decir desde abajo, desde la base, que esa “inmensa minoría” existe y reclama, aunque no sea a gritos, el valor de lo intangible.

 

Quizá sea solo un pequeño cuadro, una obra gráfica para ilustrar un calendario que el Ayuntamiento encargó en el 86. Pero vale como símbolo de un estado de cosas: del escaso aprecio de esta ciudad del siglo XXI por el arte contemporáneo, del poco control municipal hacia su patrimonio, de la falta de respuesta del Ayuntamiento hacia las denuncias ciudadanas, y también del interés de un grupo de  gaditanos por que las cosas cambien y se restablezca un orden moral en el que la política respete las reglas de juego y el arte recupere su lugar como un bien necesario, o incluso imprescindible, para mejorar la vida de hoy y la de mañana.

 

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