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La obra maestra
desaparecida
Julio Pérez
Manzanares
Especialista en arte contemporáneo.
Autor del libro
Costus. You are a star
(kitsch, Movida, 80´s y otros mitos "typical
spanish")
Recuerdo
que, durante la devolución de obra de una exposición de jóvenes
artistas españoles en Palma de Mallorca, una de las obras se
perdió. La obra, en cuestión, además de ser la única que se
encontraba inventariada en fondos institucionales, tenía la
particularidad de tratarse de un objeto-poema cuya apariencia
absolutamente común
–un mocho
de fregona con sentencias escritas en cada una de sus tiras–
daba más de un quebradero de cabeza tanto a la empresa encargada
de su traslado (y en este caso, de su búsqueda), como a
servidor, que tenía que lidiar a cada rato con las explicaciones
acerca de qué convertía un mocho de fregona en un objeto de tantísima
importancia.
“¿Y no es
posible que hagan otro los artistas?”
era la pregunta más corriente. Una pregunta tan simple como lo
suelen ser todas las grandes preguntas; incómoda, porque nos
obliga a plantearnos hasta sus más profundas consecuencias las
condiciones que dan a un objeto el status de obra de
arte.
¡Claro
que era posible hacer otra!; los propios artistas estaban
encantados
con que
el hecho de una pérdida, o un robo, o vaya usted a saber lo que
podría haber sucedido, le diese a la pieza un capítulo
“maldito”
en su propia historia. Pero
de reponer la obra,
la pieza no
sería la misma
–morritos torcidos por parte de la institución–;
la obra tiene que aparecer porque, de ser una sustituta la que
se devolviese, ya no sería
“la obra
maestra”
que salió para no volver.
Qué extraños
conflictos crea la cuestión de los objetos artísticos:
de una
parte, la institución clamando por la
“autenticidad”
de una pieza única que se supone que es lo que una obra de arte
tiene que ser (aunque
grandes "obras maestras"
sean
reproducciones
mecánicas,
como las serigrafías de Warhol, o copias idénticas hechas por
molde como las Puertas del Infierno de Rodin).
De otra
parte, los artistas dispuestos
a repetir proceso, irónicamente conscientes de un cierto caché
–si
alguien la ha robado, mejor, es
que
alguien ha reconocido su valor. De otro, la empresa de
transportes, acuciada por un comisario neurótico que busca
desesperado un mocho de fregona, y reza para que no haya dado
con él algún empleado encargado de la limpieza que haya sabido
reconocer su
“auténtico”
valor. Y todo el mundo pensando cuánto menos complicado habría
sido todo
si la pieza en cuestión hubiese
formado parte de
una colección particular
en lugar de una pública–
y si
la colección
es de los
propios artistas, mejor que mejor.
Porque
parece que la colección privada, precisamente por serlo, tiene
mucho menos valor (qué paradoja,
con el prestigio que tienen los "grandes coleccionistas")
que las colecciones
de los museos que, por ser de ellos, es de
“todos
nosotros”.
El tamaño
importa...
Saltaba a los
medios en enero de 2006, porque no había quien pudiera
esconderlo por más tiempo; el diario ABC fue el primero en
hacerse eco de una noticia que un comunicado oficial del Museo
Reina Sofía confirmaba: la obra Equal-Parallel/Guernica-Bengasi
de Richard Serra, había desaparecido de los fondos del museo1.
La por entonces
directora del centro, Ana Martínez de Aguilar, daba cuenta del
proceso por el que la obra de Serra
–nada más y nada menos que 38 toneladas de acero–
había sido dada por perdida. La cuestión, tal y como fue
poniendo al descubierto la comisión de investigación encargada
de esclarecer la desaparición, había comenzado cuando la
directora decidió, en octubre del año anterior, que la obra
ocupase un lugar dentro de la muestra permanente del museo.
Pero ¿cómo puede
perderse una obra de semejante magnitud y no sólo conceptual?.
La empresa encargada de la custodia de la obra, Macarrón S.A.,
alegaba
“dificultades
para su retorno”
al Museo... obvias dificultades, claro, porque las cuatro placas
de acero que conforman la obra de Serra se encontraban en
paradero desconocido, cuantos cañones del XVI habrá hechos con
antiguas esculturas de bronce, por cierto.
“Todo
estaba perfectamente localizado mientras yo fui la directora del
museo”2,
afirmaba María Corral, antecesora de Aguilar. Hacía falta que
hablaran los testigos; la Historia con mayúsculas de la obra
tenía que ser escrita. Había que regresar a los archivos para
perseguirla, sacar la lupa de Holmes, y no para saber
exactamente en qué momento la obra se había
“traspapelado”, sino para ofrecer la certeza de que alguna vez estuvo ahí. Y es
que no debe ser fácil que casi cuarenta toneladas de obra se
“traspapelen”
así como así.
Y la Historia
fue escrita, narrando el periplo desde la exposición en que se
mostró por primera vez en 1986 hasta su compra al año siguiente
y su puesta en custodia en la empresa Fluiters (porque los
almacenes de los museos a veces no dan para tanto), pasando por
su reexposición durante el primer año de los noventa y su nuevo
regreso a los almacenes, esta vez, de los citados Macarrón S.A,
donde se le pierde la pista.
Con la polémica
servida, y hasta el autor de la pieza preguntándose cómo era
posible que se perdiera una obra de semejante envergadura,
pronto se encontró una solución al problema que aventuraba tanto
la ineficacia de las pesquisas como la casi seguridad de que la
obra no iba a aparecer: Serra repetiría la pieza
–sin
coste adicional, salvo la producción y el traslado de la misma–
sin recibir honorario por ello (y perdónenme si me malicio que
algo en esto tendría que ver su posterior condecoración con la
Orden de las Artes y las Letras de España). Así
que la
“obra
maestra”
iba a ser sustituida
por una copia
–condecorada
también como original por la institución–.
En definitiva, que aquí como si no hubiese pasado nada, porque
no ha habido víctimas
–económicas,
se supone, claro– y la obra a exponerse junto al Guernica, que para eso la
obra misma hace referencia al lugar del bombardeo, y ya tenía
casi una historia tan
“nuestra”
a sus espaldas, como la del malagueño.
Esta vez, por la
cuenta que nos traía, no había morritos torcidos. El propio
artista explicaba así la resolución final de
“copiarse
a si mismo”:
"Cuando la gente preguntó sobre la obra y dije que la haría de
nuevo suponían que era un objeto encontrado, de acuerdo con la
tradición de Duchamp. Pero mis piezas no son objetos
encontrados. Se adaptan a unas dimensiones y un peso
determinado, se establece una escala para la obra. Se laminan
según lo que yo estipulo. No puedes ir a una acería y comprar la
pieza sin más. Son obras hechas específicamente para lugares
concretos".3
Y aquí vuelven
los problemas, pues, si no se trata de una obra como el urinario
de Duchamp, un ready-made a partir de un objeto
encontrado, ni tan siquiera de un molde como los de Rodin del
que puedan salir infinitas
“obras
maestras”
¿qué
convertía a la obra en original y no en copia? ¿qué habría
sucedido de haber aparecido
“la obra
maestra perdida”?
¿cuál de las dos
“obras
maestras”
habría tenido que ser destruida?
¿cómo definir cuál de las dos era más
“auténtica”?
O, lo que parece más acertado preguntarse: ¿quien definía sino
la originalidad, autenticidad y el citado status de obra
maestra sino la propia institución? ¿son, a fin de cuentas,
obras maestras aquellas que se han conservado en los museos a lo
largo de los siglos por la necesidad de su preservación y
exposición pública, o porque están en los museos son
consideradas como tal? ¿y aquellas que
pueblan los almacenes?
... el lugar
también
Y es que en
nuestro marco cultural, tal y como hace algunos años hizo
constatar James Clifford con sus Dilemas de la Cultura4,
no todos los objetos son percibidos bajo el mismo
“aura”,
por citar a Benjamin5,
que les
convierte en obra de arte. No es sólo una cuestión económica
–que
también–
sino los clásicos conceptos que afectan a objetos de otras
culturas, hechos por grandes genios o por artistas noveles.
Cuestiones
todas relacionadas de algún modo con las nociones de
“centro”
y
“periferia”
tan en boga hoy en día (y por tanto, con la necesaria revisión
de quién es el centro y por qué, y quién y por qué la periferia
– también
artística).
Un claro ejemplo
de estos comportamientos es el popular episodio del robo de la
Gioconda del museo del Louvre el 22 de agosto de 1911.
Una noticia escandalosa donde las haya, y que puso a toda
Francia en pie, y muy especialmente al propio museo. Lo
particular del asunto es que, sólo cuando la Gioconda fue
sustraída (es decir, cuando desapareció lo más visible del
museo), y se realizó un inventario del mismo,
se
percataron de la desaparición de otras muchas obras de arte,
como las populares estatuillas africanas que se supone poblaron
los talleres de los artistas de vanguardia. Esas obras,
periféricas donde las haya, colonialistas e, incluso,
“menores”
por no poseer el
“aura”
que, desde luego, una obra como la de Leonardo tenía, no habían
llamado la atención de nadie; no había un vacío que lamentar,
nadie se había dado cuenta de su ausencia. La cuestión del robo
acabaría con Apollinaire acusado como posible autor del robo
(porque todo el mundo conocía su famosa
coletilla dirigida a la vizcondesa de Noailles, Marie Laurencin:
“Voy al Louvre, señora, ¿quiere usted que le traiga algo?”)
e incluso con Picasso sometido a interrogatorio6.
"Spain is different", again
Pero no voy a
andarme por las ramas. La desaparición,
–también
en enero de 2006, también por un pertinente inventario– del cuadro Los Mojosos, de Costus, es el que me ha
traído hasta estas páginas. Una desaparición que vuelve a poner
en tela de juicio la capacidad de actuación de ciertas
comisiones de investigación, así como en evidencia la poca
“vergüenza torera”
de algunos de los encargados de la administración pública
– “la de todos”,
esa a la que pertenecía la obra.
Sin duda, sería
pertinente realizar un repaso a algunas de las cuestiones más
relevantes que han sucedido en torno a esta desaparición,
mezcla de desidia y desinterés por parte de las autoridades
competentes, ausencias elocuentes de denuncias administrativas
y, sobre todo, ausencia de una información fluida
–con una
información a secas habría bastado–
que se ha resumido en unas cuantas columnas de opinión por parte
de Javier Osuna, promotor de esta actuación colectiva, y por
alguna escasa reseña acerca de cómo se iba no-desarrollando el
proceso de investigación. No obstante, estoy seguro que hay
–porque
lo hay–
quien está mucho más autorizado que yo para poder dar cuenta de
los hechos. Lo que particularmente me llama la atención
–de ahí
el largo preámbulo–
es cómo la desaparición de una obra como Los Mojosos
de Costus ha desencadenado una serie de cuestiones que me
parecen, ahora si,
“tan
nuestras”
que llegan a
sonrojar.
Esta claro que
nada tienen que ver los casos de Richard Serra, La
Gioconda y mucho menos el famoso mocho que vengo citando con
la obra desaparecida de Costus, salvo el hecho de su
desaparición. Sin embargo, resultan bastante esclarecedoras al
respecto de nuestro comportamiento ante los objetos artísticos y
las
“obras maestras desaparecidas”,
que tal vez es lo que aquí más me interese,
porque sin duda
lo creo muy necesario para podernos explicar el generalizado
desinterés por casos como el que nos ocupa
– e
incluso aventurar una posible solución, que ya es aventurar.
Porque, si la
obra institucionalizada es la obra
“de todos”,
¿por qué no se ocupa alguien de buscarla? El problema, la
cuestión, como siempre, es el traspaso entre distintas esferas:
la esfera
“local”, que es la que ocupan los museo regionales, esos que parecen
contener sólo obras que forman parte de
“comunidades”
mucho más restringidas y que no importan tanto como las que se
encuentran en los grandes centros. Obras
“pequeñas”
aunque sean de grandes maestros;
“menores”,
incluso, según las percibe y encasilla nuestro actual sistema
del arte (“menores”,
como siempre, para quién,
sería
una vez más
la pregunta
necesaria).
Pues hay
obras que por "tradición" o por
“cultura” son tanto o más significativas para ciertas comunidades que
las obras
“de todos”,
como El Guernica, por poner el más manido de los
ejemplos, que por ser la obra
“española”
por antonomasia, hecha por el
“gran
maestro español”
del siglo XX, nos guste o no nos guste es patrimonio
–lo que viene a ser herencia en propiedad–
de todos nosotros.
¿Pero es menos
patrimonio
“de todos”
la
“obra
menor”
del
“artista
menor”
que se encuentra en un
“museo menor” dentro del sistema
–en todos
los sentidos, centralista–
que gobierna
–también–
el mundo del arte? Mucho me temo que lo que ocurra más allá de
los
“grandes
centros”,
en las periferias, a pocos sigue importándoles. ¿Qué más dará
–pensarán muchos–
que se pierda esa obra que sólo tiene valor para un reducido
grupo
–que, de
hecho, sólo el reducido grupo conoce en muchos casos– si mantenemos bien a salvo las obras
“de todos”?
¿Qué más dará que una obra
–seguirán
pensando–
pase de esferas restringidas
–las
locales–
a otras aún más restringidas
–la
privada–,
aventurando que ese haya sido el final de Los Mojosos de
Costus?
Ya decía que la
cosa tiene miga.
Un hecho aparentemente
“anecdótico”
como la flagrante desaparición de una obra, de la que quizá el
noventa por ciento de la población española no tenía noticia de
su existencia
–y eso
contando con que interesara el arte al noventa por ciento de la
población, que ya es mucho suponer–
desata una serie de interrogantes que de puro obvios en su caída
provocan vértigo. Porque, ya que nos ponemos estupendos, ¿por
qué valorar más esas
“grandes
obras”,
que es
lo mismo que
decir los
“grandes
maestros”
y las
“grandes
originalidades”,
en una época en la que ya pocos creen en la
“autenticidad”,
la "originalidad" y otros "mitos modernos", parafraseando a
Rosalind Krauss7?
Me parece que otra
vez el problema está en los centros y las periferias, las
excepciones negativas y positivas, los grandes maestros, las
grandes obras, los grandes centros que han creado el relato de
ficción canónico sobre la historia del arte, y es que, son
muchas las historiadoras que lo han hecho notar
desde hace décadas
a raíz de
cuestiones enraizadas en el feminismo de los sesenta:
“grandes
maestros”
y
“grandes
obras”
hay muy pocos como para formar mediante ellos un relato, cuanto
menos, coherente, del arte occidental8.
Así
que, desde luego, espero que Los Mojosos aparezcan aunque
haya que remover Roma con Santiago. Y que por una vez se haga
justicia también con las
“periferias”
y las
“obras
menores”,
como sucedería
de ser éstas otras mucho más localizadas en el
“centro” de los mapas.
Aun así, y por
si acaso Los Mojosos no acabaran de aparecer, cuanto
menos me parecería buena idea que el Archivo Municipal de Cádiz
acogiese en su colección de fondos todas las obras que hoy se
presentan homenajeando a la obra desaparecida. Después de todo,
¿quien se va a sorprender, visto lo visto, de que ante la
pérdida de la obra original esta sea sustituida?
Claro que la obra, por desgracia, ya no podría ser realizada por
los pinceles de Costus, tristemente desaparecidos hace más de
veinte años.
Pero
¿puede decir alguien que estas obras de artistas gaditanos son
“copias”,
“falsificaciones”,
“obras
menores”?
Lástima que aún tratándose de obras originalísimas, auténticas y
únicas, su lugar en el Archivo
–si
alguna no termina también en otro lugar menos debido– sería el que se encuentra sobre un hueco... sobre muchos huecos,
de hecho. Y no sólo en la pared.
Julio Pérez Manzanares
Madrid, enero de 2010
Julio Pérez Manzanares (Segovia, 1983) licenciado en historia
del arte y doctorando por la Universidad Complutense de Madrid,
especialista en arte contemporáneo, estudios de género y cultura
visual. Comisario y crítico independiente, es autor del libro
"Costus. You Are a Star (kitsch, Movida, 80´s y otros mitos "typical
spanish") publicado en colaboración con Mario Vaquerizo por la
editorial Neverland (2008)
1
Pulido, N. "El Museo Reina Sofía Pierde una escultura de 38
toneladas de peso" ABC, edición Sevilla, 18 de enero de
2006
2
Informativos Telecinco, 17 de enero de 2006.
3
Pulido, N. "Richard Serra: "Cuesta imaginar que algo que pesa
tantas toneladas pueda desaparecer" ABC, 18 de octubre de
2008.
4
Clifford, J. Dilemas de la cultura: antropología, literatura
y arte en la perspectiva posmoderna. Gedisa, 1995.
5
Benjamin, W. (1935) "La obra del arte en la época de la
reproductibilidad técnica", en Discursos Interrumpidok, sMadrid,
Taurus, 1991 pp. 59-76.
6
El episodio es recogido por Roland Penrose en su biografía, ya
todo un clásico, sobre Picasso. Penrose, R. Picasso, Su vida
y obra. Barcelona, Argos, 1981.
7
Krauss, R. La originalidad de la vanguardia y otros mitos
modernos. Madrid, alianza, 1991. Sobre paradójica concepción
de la originalidad en la cultura occidental, véase Schwartz, H.
La cultura de la copia: parecidos sorprendentes, facsímiles
inólitos. Madrid, Cátedra, 1998.
8
Reflexiones que parten del artículo seminal de Linda Nochlin "Why
have there been no great women artists?" publicado en 1971 y
reproducido en Women, Art and Power and Other Essays,
Westview Press, 1988, pp.147-158.
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