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Tres mil
años de moho
Juan
José Téllez Rubio
Escritor
Si te digo
mi verdad, los mojosos no lo son tanto. Ahí está el bueno de Castelar, como pidiendo
permiso para ir al lavabo. O el Beato Diego buscando el busto de
César Vallejo para quemarlo en la hoguera de los malicidas. O el
caballo de Simón Bolívar, dispuesto a escapar de Hollywood y
echar a correr en las playas de Sanlúcar. O Sanmartín, a quien
le han mangado de la noche a la mañana aquella seña de identidad
filosófica que imprimía su dedo al señalar eternamente hacia el
horizonte del cementerio de San José que ya no existe.
En esta ciudad, desaparecen los
cuadros, como los dos de Manolo Cano que unos ladrones
ilustrados robaron de la sede de la Asociación Qultura. O se
desvanecen en los depósitos municipales como el de los mojosos
que pintaran los Costus. Lo que no suele evaporarse, sin
embargo, es el moho: esa humedad trimilenaria que anquilosa
nuestros músculos para no levantarnos de nuestra butaca del
siglo XVIII y comprobar que el mundo ha cambiado más allá de
esas murallas que son de piedra y no se nota.
A Hércules y a los leones les ha
crecido un extraño verdín en las columnas del non plus ultra. Y
seguro que Fermín Salvochea tiene reúma. No es, sin embargo, la
humedad de las islas la que pinta de verde el hierro o confirma
los colores del bronce. No es la que moja un lienzo hasta
borrarlo del disco duro de la memoria del gobierno municipal. Es
la humedad del desván cerrado, que encierra una formidable
paradoja: la ciudad de la libertad arrincona a los libertarios,
los conservadores de antaño son los liberales de ahora y a
Enrique Naya y a Juan Carrero los nombramos hijos predilectos
pero a título póstumo. Y siempre y cuando no se disfracen de
Costus y se pongan a pintar. O a pensar, que no sólo es lo
mismo, sino que es peor.
Ese moho huraño y anacrónico
rebosa de los despachos oficiales y alcanza, desde luego la
calle. Ya veo su verdín subiendo por Sopranis o alcanzando San
Antonio. ¿Qué hubiera ocurrido si en vez de esa estampa creada
por dos de nuestros más notorios representantes de la movida,
hubiera desaparecido algún copón bendito, una placa
conmemorativa o cualquier cañón de nuestras napoleónicas
esquinas? Cádiz entero habría levantado barricadas, al menos
hasta que cualquier prócer llegase para apaciguar los ánimos a
cambio de prometer la promesa de un empleo, el pan y el circo
pero sobre todo moho, mucho moho, tres mil años de moho por
atrás y por delante. Pero no el moho picón de la rebeldía, sino
el moho pastueño de la mala leche cuando se agria.
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