LOS MOJOSOS

Con el Ayuntamiento de Cádiz perdiendo obras de arte... ¡No!

 

Todo un símbolo

 

José Marchena Domínguez

Universidad de Cádiz

 

 

La desaparición del cuadro de los Mojosos, suscita dos niveles de análisis: la parte carnavalesca,

por el objeto del cuadro y del Carnaval que representa, 1983, y la parte artística, por lo que representan sus autores y su sustracción.

 

El Carnaval de 1983 fue el cierre de un ciclo irrepetible de los primeros años de nuestras fiestas democráticas, cuyo principal protagonista, quedó injustamente sepultado en el olvido: José Mena Ortega. Con Mena, con sus criterios populares y participativos y con su comisión ciudadana, llegó a diseñar unos carnavales que son esencialmente, los actuales: pueblo y disfraces en la calle; agrupaciones en tablaos de plazas y rincones típicos; recuperación de los pregoneros; y la erradicación de las peores lacras de las Fiestas Típicas. Las figuras de la Diosa y las Ninfas, la unificación de las categorías provinciales y locales, la organización popular desde el Ayuntamiento o la retransmisión televisiva de la final del Falla, fueron entre otras, novedades de su gestión y que hoy son elementos inamovibles de nuestras carnestolendas. El cuadro perdido fue el de Los Mojosos, chirigota del último año de su gestión -1980 a 1983; todo iba a comenzar a cambiar y ya nada iba a ser igual.

 

En el plano artístico, la desaparición del susodicho cuadro se debió a un asunto clave que aún sigue coleando en la forma de afrontar el Carnaval el Ayuntamiento conservador de Cádiz: la minusvaloración de la fiesta, especialmente en su dimensión cultural y patrimonial. Una actitud que influyó directamente en el escaso celo de salvaguardar un patrimonio cultural gaditano como el de esta serie de cuadros de chirigotas gaditanas, que sirvieron para ilustrar los Congresos de Carnaval, desarrollados entre los años 1986 y 2002.

 

Y es que son múltiples las actitudes reflejadas por el consistorio gaditano del PP desde 1995, en los que evidencia el desinterés en unos casos, y en su mayor parte, la preferencia y potenciación por otras celebraciones más cercanas a lo espiritual y a lo sacro. Una actitud que comenzó con la dejación de responsabilidades organizadoras, en supuesto beneficio de los hacedores del Carnaval –autores, peñas, artesanos, movimiento asociativo…-, olvidando que, como ayuntamiento democrático, jamás debieron soltar tales riendas. La creación del Patronato a partir de 2003 demostró que los legítimos derechos de los colectivos carnavalescos se acrecentaron por encima de la lógica. Los interlocutores se transformaron en protagonistas de reivindicaciones, que pasaron a ser exigencias, y que alcanzaron un peso inusitado; fueron naciendo colectivos de muy diversa denominación, que superaron los mínimos principios de la representatividad, y que respondieron más bien a protagonismos personalistas, y a la consecución de prebendas y ventajas: el concurso se convirtió en el infinito pozo de los deseos, los reglamentos cambiaron por año, y lo peor, los asuntos económicos se disparataron a niveles insospechados; el buen talante con el que comenzaron las primeras peticiones, en la época de Eugenio Mariscal, dieron paso a otros de talante más fiscal. En muy poco tiempo, todo fue objeto de tasa, canon y copyright, y de manera descompasada: radio, televisión, prensa, imagen, música, letra, llegando a acrisolar una imagen materialista e interesada de los comparsistas; hasta se llegó a intentar en varias ocasiones crear un concurso paralelo.

 

Los logros culturales de años anteriores se eliminaron de un plumazo: desaparición del premio “Adolfo de Castro” a la mejor letra relacionada con la ciudad; desaparición del premio de investigación carnavalesca, y desaparición del Congreso del Carnaval, un evento consolidado entre 1983 y 2002, y que tras diez ediciones del más alto calado científico y prestigio universitario, fue reconvertido en una burda imitación del primero. Los fondos y documentos relacionados con los Carnavales, generados a partir de 1984 con la creación de la Fundación Gaditana del Carnaval, se acumularon sin orden ni criterio en alguna nave de la Zona Franca. Y en un lugar especial de esta visión marginal hacia la fiesta, destaca el asunto del Museo del Carnaval. Un proyecto prorrogado en el tiempo y que, aunque son varios los patronos encargados de darle forma, en lo que compete al consistorio gaditano, de nuevo la dejación de responsabilidades no dieron la debida custodia a los materiales acopiados durante estos años, que se mal guardan con más voluntad que eficacia en un cuarto de la antigua Escuela de Bellas Artes. Siguen pasando los años, y  el Museo del Carnaval va camino de convertirse en una quimera.

 

Esta es, a nuestro juicio, la situación actual del Carnaval y de nuestro Ayuntamiento para con la fiesta. Deseamos que llegue a recuperarse los Mojosos de los Costus, pero en el caso de que esto no se produzca, que no vuelva a repetirse un acto tan bochornoso para la dignidad representativa de este honrado pueblo de Cádiz, y de su vasto y a veces maltratado patrimonio cultural y artístico.

 

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