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No sé, pero es
bonito
José Luis
Piulestán
Autor de Carnaval
Resulta que el pasado mes de septiembre,
tuve que acompañar a un amigo mío a casa de un tío suyo pues
quería documentarse sobre un tema gaditano ya que su intención
era participar en un certamen de relatos cortos, y que mejor
persona para echarle un "cablecito" como decimos aquí en Cádiz,
que su propio tío.
Este
señor al parecer era el típico intelectual desaliñado y semi
bohemio que acaparaba una extraordinaria cultura no solamente en
su memoria sino en su propia vivienda, pues había convertido su
pequeña morada en un coqueto y a la vez desmedido centro
cultural.
Allá
que fuimos, y previo aviso de mi buen amigo que ya me adelantó
de lo extraño de su tío. Me quedé alucinado al ver esa curiosa
casa, que como ya digo generaba una sabiduría propia de propios
y extraños. Mientras mi amigo dialogaba con su tío sobre el tema
que le ansiaba por conocer para escribir su pequeña novela, yo
no pude resistirme de curiosear por todos los rincones de la
morada en la cual me encontraba como un inofensivo invitado y
por qué no un tanto cohibido.
Como si
se tratase de una película de misterio, recorrí un largo pasillo
hasta llegar a una puerta de color marrón un tanto apolillada y
algo descolgada de su marco, estaba entreabierta, y como nunca
he hecho caso del refrán “la curiosidad mató al gato”,
allá que le eché valor. Le dí al interruptor y para mi sorpresa
ante tanto y tanto libro, documentos, fotografías…, fijé
directamente los ojos en un cuadro que indiscutiblemente no pude
pasar por alto, representaba a una chirigota que en su día causó
gran expectación y que al visionarlo se me puso la piel de
gallina, ya que tengo el orgullo de que en ella fuera
integrante y al mismo tiempo artífice del tipo mi propio padre,
“Los Mohosos”.
Pero
observando muy detenidamente el cuadro, enseguida me percaté que
no era una pintura cualquiera, algo en mi interior me decía que
este cuadro no debería estar aquí, que algo oculto se cernía
sobre este cuadro; en ese mismo momento una voz seca y algo
nerviosa oí tras de mí. ¿Qué estás haciendo en este cuarto? –me
preguntó Narciso (tío de mi buen amigo). Le contesté que nada,
que solo admiraba todo cuanto aquello encerraba en esa
habitación. Pero una vez que había tomado la palabra le eché
cara y le pregunté por este cuadro de los Mohosos. En ese
instante la cara de Narciso se terció, asomándose un rostro de
miedo y preocupación al mismo tiempo. Tras varios segundos
carraspeándose la garganta y tosiendo se hizo el ingenuo, me
contestó que había sido un regalo de un buen amigo suyo, –un
peso importante en el ayuntamiento–, que le pareció que estaba
colgado en el despacho de su amigo y que al cambiar de
dependencias a otro edificio y no tener el suficiente espacio
para colgarlo en el nuevo optó por llevárselo y regalármelo,
pues conocía de mi gran afición por toda la culturilla gaditana.
Por
último le inquirí que si sabía algo de la historia de ese cuadro
y de su autor. Me contestó que no sabía, pero que era bonito.
Algo que no me creí lógicamente. Inmediatamente me invitó a
salir de su domicilio con la excusa de que tenía mucho trabajo.
Indignado me fui raudamente de esa casa, sabiendo que un
gaditano estaba negando a todo el pueblo de Cádiz de algo que
les pertenece, el del disfrutar de un patrimonio artístico de
Costus, y todo ello sabiendo que el propio ayuntamiento ha sido
cómplice en la ¿desaparición? de dicho cuadro sin tomar cartas
en el asunto.
Mientras bajaba las escaleras de esa casa, por unos momentos
sentí vergüenza de ser gaditano.
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