LOS MOJOSOS

Con el Ayuntamiento de Cádiz perdiendo obras de arte... ¡No!

 

Pasando

 

José Antonio Vera Luque

Autor de Carnaval

 


 

Cuando en pleno Concurso de Agrupaciones, paso por la vera del Teatro Falla, y descubro que, si no fuera por los pasacalles, el único ambiente carnavalesco que se respiraría sería cuatro arlequines hechos de bombillitas en la calle Sacramento, no me extraña lo del cuadro. Cuando se bajan autobuses y autobuses de aficionados sevillanos, jienneses, malagueños para presenciar una preselección, y ni en Fragela, ni en el interior del Teatro se encuentran con un triste puesto que venda productos carnavaleros, llaveritos, cedés, libros, o prendas al más puro estilo camisetas kukutxumusu sanfermineras, no me extraña lo del cuadro. Cuando a cuatro señores, tras veinticinco años (o más) de entrega a la fiesta, el mayor galardón dorado y solapero que aquí se otorga, se hace a escondidas en una Final glamourosa, con el ambigú petado de peña, no me extraña lo del cuadro.

 

Cuando la soberana inauguración del concurso de Carnaval más importante de España se basa en una entrega de placas al más puro estilo Peña el Gurripato, con concejales uniformados como en el Pregón de Semana Santa, no me extraña lo del cuadro. Cuando en la semana grande gaditana, resulta que pasearse por el centro a las siete de la tarde, es tan divertido, carnavalesco y fiestero, que pasearse el dieciséis de noviembre (por ejemplo), no me extraña lo del cuadro. Cuando veo que del famoso Museo que empezó a cuajarse hace más de diez años aún no tenemos ni un ladrillo colocado, ni una regola hecha, no me extraña lo del cuadro. Cuando contemplo que el Carnaval de Cádiz, uno de los pocos patrimonios culturales que nos quedan, es tratado por la Administración como un mero trámite administrativo, un papel a rellenar, un incordio burocrático, no me extraña lo del cuadro.

 

Y preocupa. La desidia por parte de los que mandan, la dejadez por parte de los que manejan el tinglado, provoca la misma desidia y la dejadez en el aficionado, en el participante, en el usuario, al cual no le extraña a estas alturas, viendo cómo está el patio, que un cuadro de Costus desaparezca por arte de birlibirloque. Pregúntele a su vecina, a su compi de curro, o al camarero que le sirve el desayuno todas las mañanas, que le parece la desaparición de un cuadro de Costus en el que aparece representada una chirigota. Seguramente, se la refanflinfará. Y no se dan cuenta que lo gravísimo del asunto no es el robo de la joya, que lo es, sino el trasfondo de “nos la trae floja” que contamina a esta ciudad, y lo facilito que se lo ponemos a los que quieren mantener nuestra Fiesta Grande en un plano secundario.

 

Ojalá toda esta movida sirva de megáfono y de despertador para más de uno, porque algún día no se llevarán sólo un cuadro. Se llevarán el Carnaval entero. Y se nos quedará una cara de carajote inmensa.

 

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