LOS MOJOSOS

Con el Ayuntamiento de Cádiz perdiendo obras de arte... ¡No!

 

Las nubes pasan. El cielo perdura

 

Johana Ortega Ramírez

Escritora

 

 

Del instituto “Cortadura” recuerdo que A. fue la primera de mis amigas que llevó el pelo pincho. Junto a su firma dibujaba con admirable soltura un pájaro kiwi, por supuesto como un apunte exótico más que le distinguiera del resto. Alaska y Tino Casal eran los artífices de sus pequeños himnos cotidianos, y utilizaba las palabras kutre y bastinazo con ese tono passota que iba diciendo “yo nunca seré una borrega mediocre”. Aprendido y asumido de su amigo Eloy, tal argot junto a sus orejas multiperforadas provocaban una silente admiración. Y también recuerdo a J., el otro pelo pincho de la clase, con quien A. formó una alianza tácita que se adivinaba en gestos de complicidad y en risas prepotentes si alguien protagonizaba lo que ellos entendían como pacaterías. A. y J. adoraban lo transgresor, pero especialmente lo transgresor creativo, en ese espacio social de los ochenta donde la inadaptación podía ser inteligencia, por lo del sentido crítico, por la capacidad de generar en contra de la corriente. Era un tiempo en que las personas jóvenes (algunas personas jóvenes) merodeábamos entre la revolución cubana y lo kitsch, entre un recuperado Lorca o Machado o Hernández, y el surrealismo del jardín botánico de Radio Futura.

 

Gades y su eterna mirada hacia el imposible océano fue una pompa sobresaliente en ese hervidero artístico. Quien afirme que todas las épocas son igualmente prolíficas para crear desconoce el poder que tiene la urgencia de recuperar el oxígeno. De la necesidad de respirar se construyen las ventanas, y cuando apremia la vida se abren agujeros desiguales y descomunales en los muros. La reivindicación de la utopía, la denuncia a través de la sátira, mezcladas con el desencanto y el escepticismo, estaban en las paletas de los Costus como lo estuvo en la pluma de Eloy Gómez Rube.

 

“El discurso de la memoria tiene un papel esencial a la hora de pensar en la relación entre el pasado y el presente”1, pero el equipo de gobierno del Ayuntamiento de Cádiz no parece tener en cuenta esa relación, al menos a la hora de valorar la obra de aquéllos a los que, no hace mucho, han nombrado hijos predilectos de la ciudad.

 

Fueron los ochenta, también en Cádiz, una época profusa en muchos aspectos. Cierto que las esquinas del Barrio, por ejemplo, andaban ilustradas por reuniones de tres o más de tres en espera de transacciones que llevaban a sus miembros, minutos después, a un escalón de la calle Rutilio, presentando una estampa bien distinta a la de sus ensoñaciones. Cierto también que la fiesta continua se mezclaba con un sentimiento de orfandad, de brújula alocada, de existencialismo infructuoso, de necesidades no cubiertas… Pero había quienes, como los Costus, partiendo de ese caos de individualidades a la deriva, produjeron el milagro del arte colectivo, reivindicando tópicos, construyendo nuevos iconos desde lo maniqueo. “Para nosotros la creación es una obra de amor y eso, como mínimo, es siempre cosa de dos”2

 

Y desde ese desafío se creó un estilo. No desde los altares de ninguna figura pretendidamente erudita, ni desde falsas iniciativas políticas que usaran de lo popular. Sino desde la urgencia vital, el encuentro natural e irremediable que impulsa siempre a los proscritos a unirse, a ser entidad coherente. La música bien alta, la estancia revuelta de colores, el orden irreflexivo de un espacio donde se recreaba la otra realidad… todo un microcosmos para batir “antis” o “ins”: indomabilidad, antinomia, antiestética, indecoro… una mezcla que devino en Arte con mayúsculas.

 

Aquí, en la tierra de la crítica incisiva que te hace reír mientras te hiere, las agrupaciones carnavalescas eran también inmortalizadas por estos trovadores de la imagen, (como lo fue la chirigota “los Mojosos”) sellando en nuestra retina los tipos, pero sobre todo el testimonio de una experiencia vital histórica.

 

Entre tanto, también sonaban en la radio los “Hombres G”, y el personal de mi instituto aparecía cada día con un jersey de un color diferente de la gama del parchís. Sus propuestas de viaje de fin de curso iban en la línea de Puerto Banús, y campaban a sus anchas en “El altillo” los sábados por la noche. Se reían de las camisetas del Che Guevara, y te miraban con la misma aversión que sus progenitores miraran pocos años atrás a un pordiosero, si llevabas los mismos vaqueros durante toda la semana.

 

Cierto que toda adolescencia resulta inevitablemente traicionada por un sentimiento de vergüenza ajena años después. Y cierto que como todo boceto, lo observamos más adelante como algo inacabado y torpe. Pero cierto también que hay bocetos que superan con creces la obra última por la que finalmente nos decantamos, y que una persona o una sociedad inteligente sabe recuperar o, al menos, conservar como un tesoro en el recuerdo, lo que le hizo despertar a la vida. A pesar de eso, Enrique Naya expresaba en los últimos tiempos de su vida, en un relato donde evoca su infancia en Cádiz: “Que no quede nada de tu paso por allí”3.

 

Y hay quienes parecen querer respetar sus deseos. Porque, si la sustracción de una de sus obras ha generado tal indiferencia en nuestros gobernantes y gobernantas, me pregunto cuántos cuadros deben desaparecer para hacer reaccionar a los que guardan, en teoría, el patrimonio de la ciudadanía gaditana.

 

Y rememorando todo esto, me pregunto si los que hoy gobiernan nuestra ciudad llevaban jerséis con los colores del parchís o camisetas del Che Guevara; si fueron de viaje de fin de curso a Madrid o a Puerto Banús. Trato de imaginar si llevaban el pelo pincho o se hacían una raya perfecta cada mañana; si leían a Marx, escuchaban a Kortatus, o gastaban sus billetes de cien en “El altillo”. No sé si los misteriosos componentes de la Comisión que investiga la desaparición del cuadro de Costus “Los Mojosos” usaban la palabra “kutre” para definir aquello que les parecía trasnochado, o bien se limitaban a mirar con desdén a homosexuales de pelo largo que pintaban a travestis como vírgenes.

 

Como esos datos los desconozco, no voy a sacar la evidente conclusión de que quien no valora el regalo de un amigo no se molesta en buscarlo si se extravía. Hace falta algo más que ojos para reconocer la belleza de lo inefable.

 

A pesar de eso, también pasarán estas nubes, pero el cielo perdurará.


 

[1] Hodgkin y Radstone, en Julio P. Manzanares, “Costus. you are a star. Kitsch, movida, 80’s y otros mitos typical spanish” Neverland Ediciones, Madrid, 2008.

[2] Declaraciones de Enrique Naya, en opus cit. en nota 1

[3] Ibidem

 

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