|
Pinturas de guerra
Javier Osuna García
Productor de
radio
En
Cádiz, fueraparte
del Greco del Hospitalito Mujeres, de los Zurbaranes trincados a los cartujos jerezanos y de los Goyas de
la Santa Cueva, queda la huella, subconsciente y
colectiva, de un carajazo de Murillo, pintando un desposorio para
comer. Queda también la memoria de las pintadas de la Transición
con el Zorro Justiciero
–¡Nadiuska al poder!–
y del rotulador excéntrico del Nino, así como el recuerdo vago e
impreciso
de los informativos de Telesur, precedidos por el anuncio de unos pintores
“Carreros” –y flojos– pintando la misma reja en Medina Sidonia.
Poco más. Añadan un barrio que cada vez que se muere un pintor
va pa´llá: La Laguna. Y un lienzo en el techo del Falla que todo
el mundo llama “fresco”; además de un Enrique de las Marinas,
cuando nadie (salvo Adolfo de Castro, camuflado tras el
seudónimo de D. Manuel de la Escalera), ha visto ni a Enrique ni a una sola marina de Enrique.
Pero Cádiz tiene también
pintores que pintan poco, junto a pintores insurgentes de muy
buena pinta que pintan mucho. Por eso, cuando detrás del
bastidor hay pinceles valientes, las pinturas se tornan de
guerra. Claro que no es una pintura al servicio del poder, ni es
paleta agradecida con el pálido rostro del chamán –o chamana– que
administra las migajas expositivas, es un grito luminoso a la
injusticia y supone una ruptura al mutismo inconcebible y tremendamente
sospechoso que hay detrás
de la desaparición del cuadro de una de las mejores expresiones
del pop-art español y del movimiento contracultural de los
ochenta en España.
1563 bien podría ser una
fecha del siglo XVI que indicase lustre de ilustre prosapia de algún
natalicio. 1563 podría ser también el número de la ONCE, del que alguna
supersticiosa viñera, incluso diría que es bonito. Pero no. 1563
es el número de inventario de un bien público que el
ayuntamiento de Cádiz ha extraviado con negligencia.
¿Saben qué dicen los
sitios webs de Costus sobre la pérdida del cuadro?...
¡Nada!
Como
si no existiera; como si nunca se hubiera perdido.
Por eso aplaudo y valoro
mucho el arrojo de estos pintores pintureros que no han dudado en
sumarse a esta exposición-protesta colectiva, que tiene en los
siguientes nombres propios la cara disidente de la valentía.
Recuerden sus nombres y sus obras; son artistas contestatarios
que se han puesto las pinturas de guerra en el rostro para
reivindicar el patrimonio pictórico que les pertenece: Alberto
Bermúdez, Amalia Quirós, Benítez
Gabriel, Candi Garbarino, Diego Vera,
Emilio Santander, Eva Arango, Guillermo Márquez, Iñaki
Blanco, Jasama Masaja, José Alberto López, José Díaz Cardero, Juan Candón, Juan Fernández
Caamaño, Kiki, Lo Herrera, Lolo Pavón, Lolo Tirado, Mel, Migita Dakota, Patricia Garzón, Pepe Marchena, Pilar
Aixado y Thomas Vegas.
Todo lo
demás son milongas gordas de casapuerta: "que si no se puede
pintar una obra ya conocida"... (¿?, léase con voz cultureta);
"que si esta exposición está politizada"... (¿?) ¿Estar
politizado es reivindicar la aparición de una obra pública,
inventariada y extraviada, y hacerlo a través de una plataforma
ciudadana para exigir su retorno?
Si la
respuesta es sí, entonces –amigo lector– esta exposición está
politizada hasta las mismísimas trancas, porque, efectivamente, sólo
persigue zarandear las conciencias narcotizadas que, en nociva
duermevela, están permitiendo que a la sociedad gaditana se le dé
un peligrosísimo mensaje: pierde un bien patrimonial que no pasa
absolutamente nada.
Y no
están solos los pintores. Hay también plumas valientes con
intenciones guerreras. Combaten con la demoledora fuerza de la
razón; disparan directamente contra la conciencia del poder
establecido, con una ancestral y eficaz estrategia: vencen porque convencen sus
argumentos. Estos son sus nombres: Adela del Moral, Alberto
Ramos, Amalia Quirós, Ana Barceló, Ana López Segovia, Antonio Barberán, Antonio Hernández-Rodicio, Antonio Martínez Ares,
Carlos Díaz Medina, Carmen Benítez, Carmen Morillo, Carmen Zurita, Fopi, Emilio
Aragón, Emilio
Rosado, Enrique Alcina, Fernando Santiago, Fátima Vila,
Inmaculada Lloréns, Jesús Yesa, Johana Ortega, José Chamizo,
José Antonio Valdivia, José Lorenzo Benítez, José Luis Piulestán,
José Marchena, José María Jurado, José Pérez Moreno, José
Pettengui, Juan José Téllez, Juan Ramón Cirici, Julio de la
Torre Fernández-Trujillo, Julio Pérez
Manzanares, Kiko Camacho, Lalia González Santiago, Luis Frade,
Luis Ripoll, Manuel García Benedicto, Manuel Muñoz Fossati, Marcos Zilbermann, Marisa de
las Cuevas, Nuria Gaciño, Paco Medina, Paco Rodríguez, Pedro Rivera, Pepe Jaime, Pepe Monforte,
Pilar González, Santiago Moreno, Tamara García y Yolanda Vallejo.
De ahí mi admiración y mi
infinito agradecimiento hacia estos escritores y pintores comprometidos que
se han pintado el rostro con pinturas de guerra, portadoras de un mensaje,
en cada párrafo, en cada trazo, en cada argumento, en
cada tono pastel, en cada reglón, en el uso de los ocres, en sus zonas
iluminadas…
¡Qué más da que sean buenos, malos, regulares..., que
se adscriban al columnismo, al cubismo, al periodismo, al hiperrealismo, o al chochonismo
ilustrado!
Es la manera más combativa que tienen de ser
coherentes con ellos mismos y con su ciudad, dándoles de paso un guiño
cómplice y de colegas a los postulados progresistas de Enrique Naya y Juan Carrero.
Volver 
 |