LOS MOJOSOS

Con el Ayuntamiento de Cádiz perdiendo obras de arte... ¡No!

 

Los mohosos

en el museo de las corrientes de aire

Ópera prima y original de Carmen Morillo

 

Carmen Morillo

Periodista

 

 

Me ha dicho uno de los cegatos con botas que Javier Osuna se va a comer una lisa mojonera con su adhesión mojosa, con perdón por la redundancia gramatical: Los mojosos no se han perdido, ni están colgaos en el salón de una casa particular de esta nuestra comunidad ni duermen al calor del olvido en un triste cajón funcionarial. Por unanimidad, decidieron despedirse a la francesa, confiando en que nadie les echaría de menos ni de más, arrumbaos como estaban desde hacía años en la Fundación Gaditana del Carnaval.

 

Cuando Osuna que anda más despitao que un gudari en la final del Falla me expuso con todo lujo de detalles el misterio del cuadro de los Costus, me propuse deshacer el entuerto con el firme propósito de escribir la novela negra de mi vida, siguiendo los pasos de mi colega Stieg Larsson. Con el adelanto que me dieron la Asociación de la Prensa de Cádiz y Quorum por mi ópera prima, contraté nada más y nada menos que a Mortadelo y Filemón, que ahora trabajan por dos perras chicas debido a la competencia extranjera que les hacen los de CSI, Bonne, Ley y orden y  Jessica Flecher.

 

Por mediación de Alfonso Guerra, quien con la edad se ha vuelto la mar de simpático y al que logré entrevistar en la entrega del premio Cortés de Cádiz, facilité el camino a los detectives para que pudieran llegar hasta el espíritu de  Los tontos no se separan. Los chirigoteros  seguían en contacto con los personajes de Rosado que llevan veinticinco años deambulando por los Callejones, de ahí que yo pudiera hablar personalmente con ellos. Parece ser que Guerra había estado en Cádiz de incógnito durante los carnavales del 83 y tuvo un romance con la señorita Maribel,  la laureada profesora de las tres niñas de EGB, con la que todavía se cartea.

 

El caso es que los mohosos barruntaron durante mucho tiempo la conocida estrategia de ir a por tabaco para no volver.  Se rumorea que fray Domingo de Silos Moreno  suspiraba cada mañana por Maribel, Segismundo Moret se preguntaba todos los días qué habría sido de Josefina Junquera y Simón Bolívar estaba dispuesto a montar otra guerra de la independencia para recuperar a González Piñero…Pero finalmente, la idea fue de Castelar quien, con su reconocida labia, convenció a todos de que había llegado la hora de poner tierra por medio.

 

Nadie sabe cómo ni por qué, por la Fundación se paseaban los fantasmas de Fernando Quiñones  y Joaquín Fernández Garaboa, El Quini. Ambos habían muerto el año en el que, por casualidad, descubrieron una tumba fenicia en la Casa del Obispo. Unos dicen que por mediación de Baal, otros atribuyen el prodigio a una muñequita de Marín, el caso es que los dos poetas encontraron la puerta del más allá y todavía deambulan por el edificio como cangrejo moro por la Caleta. El primero, abriendo y cerrando cajones busca papelones de pescaíto del freidor, sin resistirse a creer que la pescadilla, el choco y el adobo son ya historia en las saraos municipales. No da crédito a la existencia de canapés de dátiles con espuma de queso o a los huevitos de codorniz con colita de camarón.

 

El Quini, que había luchado en las estepas rusas por la División Azul y en las calles de Cádiz por la pureza del tango, habla sin parar de la justicia histórica y le ha dedicado un cuplé a las aceras, ahora sinceras, de la ciudad. Pero lo que llevó a Castelar  a dar el paso definitivo fue oír a Alaska de tertuliana en la Cope, riéndole las gracias a Jiménez Losantos, azote de progresistas y de gays. El día en que la ex Pegamoide se desmelenó elevando a los altares a Pitita Ridruejo, don Emilio lanzó una arenga sobre lo que representaba llevar cagajones de palomas en lugar de la caspa reinante e hicieron las maletas para nunca más volver.

 

Mortadelo y Filemón encontraron a los mojosos en el Moma de Nueva York, camuflados en el cuadro de Andy Warhol, a la vista de todos, que es como mejor puede esconderse cualquiera que no desee ser hallado. Le han mandado un mensaje lapidario a Javier Osuna: pisha, no seas más tonto de capirote y déjanos en paz, no vaya a ser que finalmente nos busque la Teo, nos encuentre y la Esperanza Aguirre nos conceda la Gran Cruz del Dos de Mayo como a la Alaska.

 

De cómo llegaron al Moma, daré cuenta en mi próximo libro que, editado bajo el sello De Periodistas, se titulará “La alcaldesa que no amaba los cagajones de los mohosos”.

 

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