LOS MOJOSOS

Con el Ayuntamiento de Cádiz perdiendo obras de arte... ¡No!

 

Vida después de la vida
 

Ana Barceló Calatayud

Periodista

 

“Basta pasearse por cualquier museo para darse cuenta de la cantidad de belleza que dejaron nuestros antepasados e intuir qué vamos a dejar nosotros a los que vienen detrás.” Enrique Costus (del diario de Enrique Naya Igueravide en el catálogo de la Exposición “Clausura”, 1992. página 190).
 

 

Primero fueron sólo referencias.
Mi hermano Joaquín, vecino en Núñez de Balboa de la galería SEN desde que expusiera en aquel ámbito subterráneo sus collages en 1973, me contó la “fiesta de la piscina” de 1980. Una idea de Eugenia de Suñer organizada por Txomin Salazar, pintada por Guillermo Pérez Villalta en el suelo del local contiguo a un club de jazz, debajo justo del ático de Sara Montiel.
Luego, en 1983, llegó a mis manos un ejemplar de “La Luna de Madrid” que me permitió conocer más a Costus y su obra, tan singular como ellos mismos.
 

Al despacho donde se gestó “Aduana”, Muestra de Arte Andaluz de Vanguardia que propuso Eduardo, un lujo para el galenismo gaditano, llegó un original de fondo amarillo y nubes rosadas entre las que asomaban querubines en triunfo con paños de pureza azules que evocaban la pasión de Naya por la Inmaculada de Murillo del Oratorio. Rodeado por estos seres celestiales el sobrio rótulo anunciaría una actividad que desde entonces tuvo por imagen la de un ángel.
 

Ni Enrique ni Juan quisieron cobrar el original. Hubo que insistirles para que aceptaran una cantidad ridícula, en pesetas no creo que llegara a diez mil, menos de sesenta euros, por la compra de materiales, aguadas y papel, en Piccolita de la Plaza Mina, y sus desplazamientos desde El Puerto en el vapor. Querían que fuera su aportación a la promoción del arte joven.
El disgusto llegó desde La Isla con el cartel impreso. Una extraña señal, una línea horizontal de (des)ajuste en todo el centro. El dueño de la desaparecida imprenta vino a Cádiz compungido ante la advertencia de que no se podría abonar el trabajo con un fallo tan notable. El hombre alegó que la tecnología de su modesto taller no le permitía hacer el fotolito completo, por lo cual el “responsable” del proceso había optado por guillotinar el original y empalmar luego las dos mitades.
 

Como responsable entonces del Área de Cultura y con el respaldo de Diputación, promotora de “Aduana”, me vi en el fatigoso papel de informar negativamente el pago: “Don José, la pintura no tiene precio, pues ni siquiera los autores, Costus, han querido cobrarlo… pero el original tiene un valor que no sé precisar. Lo siento, no puedo autorizar el pago…” No hubo más pleito y el cuadro se conserva aún con el tajo como una cicatriz a todo lo ancho. Mala suerte, pero al menos sabemos donde está, no como “Los Mojosos” cuyo destino incierto aún se ignora. Después aún hubo un segundo “Costus” para la siguiente edición de “Aduana”, éste en verdes y violetas…
 

“Estoy mal. Llevo unos días fastidiado”, me dijo Enrique una soleada tarde creo que de otoño cruzando los jardines de la Plaza España. Veníamos de la Junta, de ver un documental de Soledad Duro sobre Costus. “No tengo fuerzas”, se lamentó Enrique, algo ojeroso cuando entrábamos en el Palacio Provincial, antigua Aduana de Cádiz, donde se montaba no sé qué exposición. No volví a verlos, ni a él ni a Juan.

 

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